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LECCIONES APRENDIDAS

Por Miguel Ángel Minchero (Minchi). Publicado el 9 de juniio de 2017.

Ha pasado la resaca y ha bajado la adrenalina ya, al cabo de unos días después del maravilloso certamen autonómico de aikido infantil celebrado en Cantabria (ya el sexto). Y ahora que ha posado todo es el momento para las reflexiones.

Voy a obviar esta vez lo bien técnicamente que lo han hecho los chavales, y su comportamiento ejemplar en el tatami (aunque siempre tiene que haber algún revoltosillo, los niños tienen que ser así). Tampoco voy a hablar de la organización, que esta edición ha sido más coherente y adaptada a las necesidades de los padres, algunos de los cuales nos felicitaron por ello.

No. Esta vez quiero hablar de los chavales, de los “veteranos”, “los hakama”.

Quiero hablar de chicos entre los 12 y los 17 años, que un domingo por la mañana, después de un sábado estudiando para dejar preparados deberes y exámenes finales, se han levantado temprano (y han levantado a sus padres para ello) y han venido a primera hora sólo ayudar con sus compañeros más pequeños, voluntariamente. A pesar de que su exhibición era dos horas más tarde.

Con gran cariño ayudaron a los benjamines, guiándoles con las técnicas, y en las fotos y en mi recuerdo siempre aparece la imagen sonriente y amable de un adolescente ayudando a unos niños concentrados en su tarea y pendientes de cada una de sus indicaciones.

Veo en mi memoria a chavales con hakama (o a punto de ganarla) “adoptando” a un peque, o a uno no tan peque pero revoltoso, ayudándole y enseñándole a comportarse; con una paciencia que sorprendió a propios y extraños. Ayudando en la organización a que todo fuera más cómodo para los profesores y armonioso para todos.

Los grados altos de estos chavales hicieron un examen que dejó maravillados a los adultos que también estuvieron presentes ayudando. 


Su gran nivel técnico, su plasticidad en los movimientos, su conocimiento del protocolo, su actitud... era una delicia para los sentidos y para el corazón ver a gente tan joven con un comportamiento y una actitud tan maduros, casi impropio de su edad.

Destacar que hubo incluso alumnos que ya han “dado el salto” a las clases de adultos aparecieron a participar y ayudar. Incluso en las demostraciones técnicas.

Compromiso, solidaridad, compañerismo, paciencia, respeto, esfuerzo, humildad.

Estos valores y los Tradicionales de Budo (*) los he visto reflejado en estos muchachos, valores que nos esforzamos día a día en enseñar en el tatami, y que nunca estás seguro si llega el mensaje. Hasta que ves cómo las semillas que plantaste hace tiempo han crecido y ahora son árboles jóvenes y vitales, de troncos bien derechos y ramas hermosas.

No puedo más que emocionarme, y mis ojos se llenan de lágrimas de orgullo y de amor por esos chavales que he visto crecer, y que son la promesa de los buenos hombres y mujeres del mañana. Y más cuando uno de esos chavales, es mi hija mayor.

Deberíamos tomar nota los adultos sobre la gran lección que nos han dado estos chavales, y comprometernos más y más desinteresadamente con nuestros compañeros, con nuestros amigos, con nuestros maestros, con nuestro club.

Gracias, chavales. Lección aprendida.


DOMO ARIGATO GOZAIMASHITA.

Miguel Ángel Minchero Rodríguez (“Minchi”)

Maestro Nacional


(*) El Código del Samurai se basa en los siguientes principios o valores: Justicia, Valentía, 


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